Anécdotas

La Cocina de la Bruja

Misterio en el Auerbachs Keller

En los viejos tiempos, aquellos en los que desear todavía ayudaba… la gente venía hasta aquí desde lugares remotos para encaminar sus deseos. Y es que participar en la ceremonia de la Cocina de la Bruja garantizaba, nada más ni nada menos, que el cumplimiento de los mismos.

A Goethe también le fascinó la magia de este lugar y lo consagró para siempre en su obra maestra “Fausto”. Hasta la fecha, la histórica Cocina de la Bruja, ubicada a nueve metros bajo el adoquinado de Leipzig, no ha perdido ni un ápice de su magia. Quien desciende hasta ella puede verse rejuvenecer o invocar el cumplimiento de sus deseos más secretos y personales. Todo ello bajo la dirección del maestro de ceremonias: el somelier de la Bodega del Tonel.Aquí los deseos se vuelven realidad...

Nos lo han confirmado innumerables invitados, entre ellos muchos de fama y renombre.

El Rincón de los Perfumes

Un día, un cliente habitual, el legendario “Schorsch” Mayer, en realidad el Rector Magnífico Catedrático Doctor Georg Mayer, acudió al muy concurrido local sin reserva previa. Prefería sentarse solo en alguna mesa, puesto que por lo general llevaba consigo algo de trabajo para hacer. Se puso a buscar una mesa libre, descubrió una en el “Rincón de los Perfumes” y se sentó en ella de mala gana. Al momento le sirvieron su cuartillo de vino.

Mientras esperaba que le trajeran la comida, y a pesar del cartelito de “Reservado”, otro cliente con menos suerte a la hora de encontrar mesa puso rumbo a la suya. El caballero preguntó amablemente si podía sentarse, a lo que obtuvo una respuesta afirmativa, pero sólo con la condición de celebrar su ingreso a la mesa con una ronda.El nuevo pagó la invitación y se presentó: se llamaba Meier. A esto el profesor contestó que él también se llamaba Mayer y los dos ironizaron a raíz de la casualidad1.

La diversión llegó a su punto álgido cuando un tercer invitado solicitó poder sentarse a la mesa y después de pagar la “invitación” se presentó como Maier1. Muy pronto el grupo de los “grandes Meier”2 estaba inmerso en una animada conversación bañada con cava y a pesar de encontrarse en el “Rincón de los Perfumes”.

Rudolf Burgfeld, anécdotas de camareros

1 Los nombres se pronuncian igual en alemán a pesar de la diferente grafía.2 Juego de palabras con los nombres.

Las tijeras

Un camarero, recordando el periodo de penurias que siguió a la Segunda Guerra Mundial, describió sarcásticamente las tijeras como un “importante instrumento de trabajo”. Dejó escrito:

“Ciertamente, las tijeras no escribieron uno de los mayores capítulos de la historia de la gastronomía. Sin embargo, sí formaron parte durante más de 15 años de los utensilios de los camareros, que las utilizaban para recortar los cupones de carne, manteca, alimentos, harina y azúcar de las parcas cartillas de racionamiento que el cliente debía presentar. Normalmente, las tijeras iban colgando de un cordón negro, una cinta o una pequeña cadena como parte del uniforme de los camareros alemanes. Las camareras ataban la cinta al cinto del delantal o la sujetaban en alguna parte con un imperdible.”

Recuerdos de un camarero

Fuera el sombrero

“En los grandes establecimientos como el Auerbachs Keller, en los que las arpistas tocaban hasta las 2 de la mañana, se podía contar con la presencia de las tropas, siempre muy bien entrenadas. No es de extrañar, por tanto, que la concurrencia de tales locales fuera siempre numerosa. Una banda de arpistas amenizaba las veladas con sus conciertos tanto en la bodega superior, la más elegante y a la que principalmente acudían familias, como en la Bodega Fausto, la inferior, cuyo mobiliario consistía en simples mesas de madera con patas cruzadas y unas sillas igual de simples, y que, por lo demás, únicamente era frecuentada por hombres. Mientras en la bodega superior el ambiente era muy vivo y el movimiento muy animado, todo aquel que tomaba asiento en la Bodega Fausto debía contar con una buena porción de sentido del humor, puesto que normalmente en esta bodega el ambiente era festivo y desenfadado, aunque siempre decoroso.

Un ‘Fuera el sombrero’ general saludaba al aburguesado visitante de la feria cuando, atraído por el jolgorio que subía desde la Bodega Fausto, pisaba dubitativo la empinada escalera que daba acceso a la misma. El recién llegado miraba desconcertado a la masa sentada abajo, conformada por unos regocijados y juerguistas borrachines que le saludaban con la mano. E instintivamente se quitaba el sombrero.

‘Baje’ era la orden que atronaba a continuación y ya un poco más decidido y atraído por el ambiente festivo, el nuevo apresuraba el paso y desaparecía enseguida en la espesa aglomeración…”

Adolf Lippold, recuerdos de juventud de un viejo habitante de Leipzig, 1895

Maldito aire de bodega

“...Al pasar, la calle delante de la puerta es tan escarpada que, de repente, uno se encuentra descendiendo a trompicones por la escalera y, una vez abajo, si bien se halla uno en una sala graciosamente amoblada, para luchar contra el maldito aire de bodega uno se ve obligado a tomarse una copa de Bishof o de borgoña y a acompañarla con una ensalada de boquerones con almejas, salchicha cervelat, aceitunas, alcaparras, aceite de oliva de la provincia de Lucca, etc. a pesar de que estos manjares cuestan algún que otro florín. …”

E.T.A. Hoffman, Diario de experiencias en las “Bodegas Italianas” de Leipzig, 1813